Entre las nubes, sentado en su trono, rodeado de ángeles, sucedió que Dios, se aburría.
No eran demasiado conversadores Miguel, Rafael, Gabriel ni Uriel. El más avispado era Lucifer, el preferido de la Última Realidad.
Después de mucho tedio, el Padre Celestial decidió moldear a partir del barro a los primeros seres humanos.
Era época de lluvia en el Edén, había material de sobra para su propósito.
Estaba resuelto a crearlos según sus propios cánones.
Luego de varios intentos, logró hacerlos de acuerdo a su imagen y semejanza.
Adan y Eva, eran seres inocentes, intuitivos, libres.
Dios los miraba con amor mientras paseaban a su antojo por el jardín del Paraíso.
Eran dichosos sólo de ver una flor, acariciar el suave pelaje de oro con rayas oscuras de su mascota preferida: el pequeño tigre de bengala.
Se sentían radiantes bajo el encaje verdoso de los árboles, junto el azul lavanda de los estanques, o acostados boca arriba sobre el herbaje fresco mientras contemplaban los pliegues de nácar de los nimbos; sus cristales de cuarzo, sus geodas de platería.
Gozaban de una plenitud total; sin credos ni peroratas ni sentencias. Eran felices a pesar de no conocer el significado de la palabra felicidad.
Todavía ignoraban muchas cosas, entre ellas, la denominación de "homo sapiens" que alguien les adjudicaría más adelante, después de las investigaciones de Charles Darwin. Precisamente esa ignorancia les relevaba de verbos odiosos como producir, decretar, persuadir, perdonar o filosofar.
El tigre de bengala jugueteaba pacíficamente con las ardillas, conejos, ruiseñores. Era, como los demás félidos del Edén, vegetariano, se alimentaba de flores, brotes de soja, frutas, nueces. Los hombres y las mujeres hechos a imagen y semejanza de Dios, les convidaban pólenes exóticos, néctar de rosas, dátiles, aguamiel, ambrosía; alimentos tan nobles que además de endulzarles el paladar, descendían acariciándoles sus gargantas, proporcionándoles energía y conservando su salud, sin ningún trastorno digestivo, puesto que se eliminaban a través de los poros, en ráfagas que se mezclaban con el perfume vegetal y la enérgica fragancia de los jazmines.
La vida en el Paraíso era perfecta.
Pero comenzó a llover cada vez más fuerte, y vinieron los desbordes del Eufrates y el Tigris.
El único sonido que se oía -además de los cánticos de los serafines- era el de las gotas desangrándose contra las aguas o contra el pasto.
Todos miraban interrogativamente a Dios, sobre todo los arcángeles, muy impacientes. El Señor no sabía qué hacer y haciéndose el distraído, recorría el Paraíso, acariciando su larga barba blanca.
De golpe se escuchó una voz. Primero fue tímida, después nítida, impúdica. Era un cántico excepcional que se glorificaba serpentino desde la costa.
Al escucharlo, las corzas blancas, cisnes, flamencos, estiraban sus cuellos, los osos se desperezaban, los monos danzaban, los querubines, serafines, arcángeles y ángeles sentían que se le erizaba la piel. Y esa voz se expandía en bengalas de oro.
Era un canto que premiaba y castigaba, daba y quitaba, complacía y molestaba, sanaba y lastimaba, redimía y esclavizaba a la vez.
Celosos, los querubines y serafines elevaron varios tonos sus voces pero desistieron, no serían capaces de emularla.
De golpe, el Paraíso fue un frenesí y Dios se dio cuenta de que algo no andaba bien. Envió a los arcángeles en busca de la voz. El responsable era un monstruo de largos cabellos de un verde obsceno; que se desparramaba sobre los hombros como una cascada de sargazos.
Llamaron a Dios quien, asombrado, observó esa entidad que, desde la cintura para abajo estaba cubierta de escamas de oro, plata, zafiros, nácares y ágatas entremezcladas .
Pero...-se dijo Dios - ¿Cómo puede ser que haya aparecido una sirena, algo que no existe, producto de una mitología no inventada aún? La ordenó desaparecer y ella lo hizo emitiendo un maleficio en contra el Edén que vaticinaba La Caída.
Después que lluvia cesó, brotó una planta nueva en el Paraíso.
Crecía rápido. Parecía tener vida casi humana.
Todas las veces que los arcángeles intentaban arrancarla, ella se replegaba o henchía sus espinas. Pronto fue un árbol robusto, y de su follaje pendían frutos carnosos, parecidos a la manga rosa según constató Lucifer.
Miguel lo vio comiendo un jugoso fruto y sobrevino la batalla que terminó con la expulsión de Lucifer. Luego, Dios dio un hacha a Miguel para que talase al árbol intruso.
Luego de un par de horas de labor el Miguel dio por finalizada la misión.
Paso un tiempo incierto y de un resto de raíz, salió un brote solapado, que después se transformó en un gran árbol.
Posteriores discusiones teológicas intentaron explicar la especie de aquel árbol: ¿manzano, peral, naranjo, morera, níspero?
Nada de eso: era un árbol de productos de panadería.
Doradas facturas pendían de sus ramas; panecillos calentitos con un irresistible olor a tahona se agrupaban en racimos tentadores.
Aquí fue que los primeros hombres y mujeres no pudieron aguantar el estimulo olfatorio, sus glándulas salivales reaccionaron, sintieron apetito y aunque intentaron hacerlo, no pudieron oponer resistencia, y comieron los elementos que pendían del mentado Árbol de la Ciencia.
Probar esos novedosos alimentos les causó un placentero estremecimiento, al morder los biscochos de grasa, las facturas, las tortas, sintieron una cosquilleante sensación en el filo de los dientes. Fue un sorprendente modo de adquirir conciencia de la piel, de los huesos, de los músculos, de todo su cuerpo. Dios se mesaba los cabellos, reprendía a Miguel por no haber arrancado de raíz al Arbol Prohibido. Lucifer se revolcaba de risa a lo lejos.
Al principio, nada parecía haberse modificado en el Paraíso.
Al cabo de un par de horas se evidenciaron algunas innovaciones. A diferencia de la hidromiel, los néctares de flores, la ambrosía., esa comida no se evaporaba a través de los poros.
Supieron que esos ruidos que sentían desde el interior del cuerpo, unos gorgoteos intestinales algo dolorosos, esa sensación de hinchazón seguida de hipo, o las flatulencias auguraban nuevos eventos: y se produjeron sonoros eructos y fétidos olores que desentonaban con el Paraíso. Y de pronto adquirieron conocimientos de idiomas desconocidos para ellos diciendo:" ¡inodoro, bathroom, excusado, banheiro, petit coin, aunque sea un bacín, por favor! "
Fueron a reclamar eso, más papel higiénico, jabones, toallas al arcángel Miguel
Éste los miró con desprecio y señalando con su espada reluciente un punto en el espacio, dijo:
-¿Ven aquel planeta que está a millones de años luz de aquí? Se llama Tierra, aún no se ha determinado si es plana o redonda, lo que se sabe con certeza es que será el excusado del Universo. Los que quieran seguir comiendo los frutos de ése árbol vayan a vivir allí, pues es el lugar que les corresponde de ahora en más.
Y así lo hicieron.... Todos.
Se dieron cuenta que sufrirían además de las bíblicas siete plagas, cosas mucho peores, pero a la vez supieron que allí podrían comer y digerir tranquilamente los exquisitos y variados productos del árbol prohibido. Por eso, no lo lamentaron demasiado.
Y hasta el día de hoy, los hijos de los primeros seres hechos a imagen y semejanza de Dios, los hijos de sus hijos, los hijos de los hijos de sus hijos... siguen experimentando el deseo irrefrenable de repetir esa experiencia única que les hizo tomar conciencia de ellos mismos.
Gilda Pinarello